Concurso Sinagoga UHP

El desafío de proponer un espacio de ceremonias exige una reflexión con respecto a la esencia religiosa y la cultura que la envuelve. Imaginar un espacio de introspección y oración sugiere la creación del silencio, donde el rito se convierta en protagonista. Este contenido, así, se irá construyendo dentro del contenedor, que funciona como abrigo simbólico de la colectividad judía.

Analizando el masterplan e intentando darle la imagen que le corresponde al programa, iniciamos el proceso de diseño mediante la ubicación de dos prismas, uno como umbral y el otro como contenedor del recinto sagrado. Estos dos volúmenes convergen en la unión y se complementan, tanto estructuralmente como morfológicamente.

Este gran contenedor se desglosa en una primera pieza que construye la transición de escala y marca el acceso a la sinagoga. La segunda pieza, más grande, delimita el espacio interior y marca la presencia del templo. El concepto del primer prisma dentro del otro es muy claro, creando esa amortiguación entre el exterior, amplio y ruidoso, a un interior silencioso y espiritual. Con parasoles de acero corten se logra crear un velo que estructura el ingreso principal y oculta el contenido.

Los materiales utilizados expresan su verdadera naturaleza. El hormigón visto demuestra la solidez y la fortaleza que representa el material como protector del templo. El acero corten representa la resiliencia, capacidad de superar toda adversidad, característica de la comunidad judía. Resiste perfectamente a la intemperie y tiene la capacidad de no corroerse, condición que lo convierte en un material muy noble y duradero.

La madera utilizada en el interior da cobijo y confort térmico y acústico. Madera proviene de la misma raíz etimológica que madre y material. Es la materia con la que nos sentimos más identificados y a gusto.

La actual galería perimetral se convierte en el distribuidor del templo, funcionando a su vez como colchón acústico. Esta sucesión de espacios jerarquiza la llegada al recinto sagrado y va construyendo una atmósfera religiosa que se descubre al ingresar al templo.

La contemplación en el interior de la sinagoga se agudiza mediante la luz y el espacio. Son estos dos elementos arquitectónicos los que configuran la experiencia del recinto. Los materiales empleados despliegan elegancia y responden a la importancia de cada celebración. La correcta combinación de tonos cálidos con colores neutros crean el escenario apropiado para que la congregación se sienta en total confort.

La luz natural, utilizada como material que construye el tiempo, baña el altar con una intensidad tenue. El uso de un filtro esmerilado impide el paso del calor y la luz directa, esparciendo los rayos y la radiación al resto de la sala. El altar de la sinagoga se convierte entonces en la iluminación principal del templo, representando la luz espiritual que de ahí emana.

Aprovechando la altura del techo, se proponen unas campanas piramidales que distribuyen la luz cenital al resto de la sala, evocando la conexión divina mediante esa succión vertical del espacio.

Los accesos se mantienen en el mismo lugar en el que se encuentran actualmente. Los sesgos de las pantallas de hormigón indican el lugar de ingreso al templo. Con la creación de la antesala se crea una distribución ordenada a los espacios, independizando cada sector interior en caso de separación.

La carcasa exterior funciona como una caja fuerte, controlando el acceso de la sinagoga mediante puertas de acero que protegen el interior.

La ventilación natural interior es posible mediante los óculos ubicados entre cerchas, en la parte más alta, para que todo el aire caliente suba y salga por estos orificios.  En los muros laterales también se colocan perforaciones por donde el aire interior se renovaría. Estos métodos son imperceptibles y se encuentran escondidos a la vista del observador.

La iluminación natural acompañaría el ingreso de la ventilación, por los mismos portales, marcando el paso del tiempo en cada textura del interior. Con muy poca intervención sobre lo existente se logra dotar al espacio de buena ventilación e iluminación natural, permitiendo el acondicionamiento apropiado para el confort térmico interno.

La propuesta general intenta tocar lo menos posible toda construcción existente. El criterio utilizado es el de una carcasa, que protege y embellece pero no modifica el elemento. En este caso, la intervención no es sólo superficial, sino total, holística, configurando desde el interior para afuera.

Todo el mobiliario corresponde al diseño interior, complementando el uso de los materiales y la sutileza como hilo conductor. La abstracción lograda con líneas simples, formas puras y espacios diáfanos refuerzan la idea de este contenedor de prácticas religiosas, dejando que la oración y la introspección sean los protagonistas.